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Entre tú y yo

Entre tú y yo

 

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Mis zapatos y yo esperando…

Es frecuente o básicamente parte de mi día a día, el ceder a mis ansias, responder a mis pretensiones con que todo esté bien, que las cosas se hagan cuando se tienen que hacer no cuando nos plazca – postergar no es mi primera opción ¡créanme!. Me ha pesado bastante las pocas veces que he hecho caso al consejo. En fin.

 

Por ello, se me hace difícil no esperar, el no tener expectativas y dejar que me sorprendan (con el paso de los años me hago más reacia al caso, y créanme que no es lo que deseo desde mis entrañas… ¡No! ¿A quién no le gusta que lo asusten? ¡Que te dejen boquiabierto, sin palabras!) Pero bueno. Lo veo de dos formas el ser o tener esa fe en otros y hasta en mi misma: en muchas ocasiones es la mejor virtud pues pesimistas, inconformes, desorientados siempre hay, es más, están sobrando la mayoría de las veces; y otra, como un defecto, en ocasiones no es bien aceptado el que quieras exigir, hacer prometer, delegar y responsabilizar. Y ese ligero detalle, así de light como es, no es fácil de digerir y aceptar. ¡Claro! Doy crédito a que en momentos particulares, es una opción buena y válida –el dejar las cosas al “destino”, al “ver qué tal pasa”-, no obstante, la libertad en ese sentido me invita a la ansiedad como compañera y es inquietante eso.

Ahora bien: las personas demandantes, tipo perfeccionistas, que se desviven y llegan al éxtasis de la felicidad cuando lo planeado sigue el curso dictaminado y concluye en risas y fotos con rostros dulces, en aplausos y agasajos, en agradecimiento y palmaditas en la espalda –como yo- sienten una satisfacción plena y total, desde la punta de los dedos de los pies hasta la última hebra de cabello en sus cabezas. Es tan gratificante!

Sin embargo, entender a personitas especiales como estas –porque lo son, la verdad lo son- es una tarea de todos los días.

Crecer por la edad, debido a las experiencias, avanzar en cuanto a conocimientos, dejar a un lado la inmadurez y ser capaz de tanto, alcanzar lo desconocido, nuevo, ajeno a ti, aceptar un nuevo reto cada día, a pesar de ser parte de las etapas de vida de cada individuo, para algunos suceden a muy temprana edad. Y sin existir una predisposición para ello. Actualmente se piensa en iniciativas para con el hijo, la esposa, el marido, los sobrinos, etc., y trabajas para hacerlos llegar hasta allí. Antes, en mis tiempos, hace unas cuantas décadas atrás –no diré cuantos años tengo, así que no insistan- las cosas no funcionaban así. Y si tenías la fortuna de asistir a la escuela a temprana edad o por el contrario no se podía hasta cumplidos los siete, pues se obedecía el sistema y listo. Gran parte de la suerte de este o aquel corría a partir de ahí.

Se siente como que das un salto, sabes que no caerás, pero luego a mitad del recorrido, y que te encuentras en el aire, no estás seguro de seguir, más ya no tienes otra alternativa.

Caíste, y te das cuenta de que no es tan malo como pensabas y aceptas cada uno de los desafíos, te exiges cada vez más –aun estando a un nivel inferior al promedio pues estás adelantada a los acontecimientos, no estás Normal como el resto- empero tus esfuerzos, trasnoches, implementación de ideas, concentración, la inversión de tu tiempo y energías te dan esas locas y complacidas ganas de que te lo propusiste y así lo cumpliste. ¡Y cuanto orgullo propio! ¡Cuán orgullosos se sienten los tuyos, no?!

Esperar que otros perciban tus ambiciones y las apoyen, o al menos no estorben si no les interesan; que cuentes con quienes menos te imaginas porque estuviste a la espera de quienes se supone debían soportarte y darte ese empujoncito que a veces hace tanta falta sin importar la segura convicción que tengas de atreverte a algo! Hace un tiempo escribí algo que tengo por ahí sobre el esperar, sobre si está bien o es sano hacerlo, o no hacerlo. Al final del cuento, y como indican algunas frases mezcladas de Confucio y otros pensadores antiguos, del pasado no tan lejano y otros más recientes, Si no esperas demasiado, No saldrás decepcionado.

Bien. Cada quien con su pensar, no?

Pero cómo se coexiste sin esperar nada? De Dios (Jehová o de quien creas) esperamos muchas cosas y sabemos que todo lo puede, y aun así, esperamos. Pedimos, rogamos y esperamos.

¿Por qué no esperar de otro ser humano? De alguien más como yo?

Mi respuesta ahora mismo es: porque nos agrada temer y a la vez complacernos con la conformidad. Es mejor vivir en esa agonía creerán muchos. Pero quienes han hecho de su futuro un andar de provecho, que beneficia a muchos, que no daña a otros, supongo esperaron de alguien alguna vez! O de algo, pero esperaron.

Entonces la sugerencia no sería No esperes y no te decepcionarán, sería: Espera según tus expectativas respecto a esa alguien, a ese algo, y, o recibes lo que esperas, o será menos, o será más. Pero de algo y de alguien tienes que exigirte esperar.

O terminarás no esperando nada de ti mismo.

Y en ese punto, entre tú y yo, sí que te verás mal.

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Autor:

Me gustan las cosas simples, organizadas y limpias. Leer me relaja, bailar me alegra, ejercitarme me hace sentir mejor conmigo misma. Ser mujer, esposa, madre, ama de casa, empleada (entre otros cientos de oficios más...) me ha hecho más valiosa, sensible y fuerte a la vez, más fiel a mi, a lo que quiero. Intento dejar salir esos pensamientos, puntos de vista, prosas y versos que surgen al sentirme invadida, feliz, amenazada, triste, decidida, con la idea de compartir y que otros compartan. Abrirse a nuevas posibilidades te hace libre, escribir es una de esas posibilidades.

Un comentario sobre “Entre tú y yo

  1. Esto lo había leído antes. De modo que, no responderé. Solo diré que, esperar es coyuntural; espera quien quiere esperar, como aludes, quien debe esperar, quien espera que ocurra algo fascinante. El Poeta es parte de este manjar de personajes. Y créeme, Él no espera por relajo, sino porque el amor y ubas miradas cualesquiera lo obligan. A lo mejor te familiarizas con la idea de que, cuando el Rojo te obliga a esperar, el cuerpo obedece, el resto es solo historia.

    Sobre “La espera” de tus zapatos: ¿qué te puedo decir? Déjalos en el aire, a lo mejor alguien llegue a quitártelos. No sé…

    Bonito escrito, intriguing..

    Luis Alberto,

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